Los monjes que robaban reliquias en la Europa medieval
"Furta sacra"
Los santuarios medievales se robaban reliquias entre ellos. Algunos religiosos tuvieron que montar guardia y otros se convirtieron en verdaderos ladrones profesionales
Procesión de las reliquias de san Nicolás. 'Livre de la confrérie Saint-Nicolas de Valenciennes', anónimo del siglo XV
En el otoño de 1102, don Diego GelmÃrez, obispo de Santiago de Compostela, ponÃa rumbo a la diócesis de Braga para una visita oficial. Estando ambos en los dominios del rey Alfonso VI de León, el arzobispo de la ciudad portuguesa sentÃa que recibÃa a un aliado y amigo. Le dio aposento en el palacio episcopal y le permitió visitar libremente sus iglesias y celebrar misa en ellas. Fue un error imperdonable.
Empezaron por el templo de San VÃctor, donde, después de celebrar la eucaristÃa, GelmÃrez ordenó a sus acompañantes que excavaran en la parte derecha del altar mayor. La gran arca de mármol tardó poco en aparecer. Dentro, habÃa dos cajitas de plata, una de las cuales contenÃa la cabeza de san VÃctor de Braga, un mártir del siglo III supuestamente decapitado por los romanos en ese mismo lugar. Como explica el profesor Rafael Fandiño en un artÃculo para la revista Cuadernos de Estudios Gallegos, sabÃan muy bien lo que buscaban y dónde encontrarlo.
La robaron, asà como el manojo de reliquias de la otra caja. Siguieron con la parroquia de Santa Susana, donde exhumaron los restos de san Silvestre, san Cucufate y la propia patrona de esa iglesia.
Para no levantar sospechas, envolvieron los despojos en sudarios y los trasladaron rápidamente a los aposentos del obispo. Nadie echó nada en falta, de modo que un par de dÃas más tarde se atrevieron con otro templo. Según nos cuenta Fandiño, esta vez fue el propio GelmÃrez el autor material del delito.
Reliquias de san Fructuoso en la iglesia de San Jerónimo del Real, Braga
Aún vestido con la ropa de celebración, profanó un sepulcro y entregó el contenido a los soldados que venÃan con él. Se trataba de los huesos de san Fructuoso de Braga –del Bierzo, para los leoneses–, un obispo del siglo VII que en la Hispania visigoda tuvo fama de santidad.
Con lo robado camuflado entre las valijas, la comitiva emprendió el tortuoso camino de vuelta. Para Fandiño, lo más probable es que tomaran la vÃa XIX del itinerario de Antonino, una vieja calzada de la época de Augusto en la que los carruajes avanzarÃan a trompicones. No habÃan llegado muy lejos, cuando les llegó la noticia de que una turba de bracarenses iba tras ellos.
Estando en Correlhã, se les ocurrió confiar el botÃn a un diácono para que tomara un desvÃo cruzando el rÃo Miño. Aquà es donde esta historia se torna increÃble, tanto que parece que GelmÃrez nos quiera engatusar.
El santo asà lo quiso
Al parecer, al llegar al Miño el pobre diácono se lo encontró tan revoltoso que era imposible de sortear. Hasta que depositó los cuerpos de los santos en la margen, haciendo que las aguas se apaciguaran milagrosamente.
Asà es como lo explica la Historia compostelana, que acaba el relato con la entrada triunfal de GelmÃrez en Santiago. A falta de otro, es el único documento que Fandiño puede usar para explicarnos este curioso robo.
Porque, sin entrar a considerar este final en el rÃo, perteneciente al terreno de la fe, el resto de la historia es perfectamente real. De hecho, en 1994, el mismo cabildo de la catedral de Santiago lo reconocÃa al devolver a Braga una parte de las reliquias sustraÃdas mil años antes.
Diego GelmÃrez ante Fruela Alfonso y Pedro Muñiz.
Precisamente, la inserción de elementos sobrenaturales en la compostelana –que fue escrita por orden del mismo GelmÃrez– era un modo de legitimar lo que no dejaba de ser un hurto. Al añadir el milagro del rÃo, el obispo insinuaba que los santos “querÃan†ser robados.
En otro momento del texto, es él mismo el que se justifica cuando dice que en las iglesias de Braga “yacen (…) muchos cuerpos de santos desordenadamente sin que sean venerados por culto algunoâ€, como si los hubiera sustraÃdo solo para darles digno trato. De ahà el divertido pasaje de la tumba de san Fructuoso, en el que GelmÃrez dice que la vació “con piadoso latrocinioâ€.
Sin embargo, la mayorÃa de las profanaciones en la Europa medieval tuvieron muy poco de piadosas. Para un monasterio, iglesia o santuario, poseer reliquias podÃa suponer una gran fuente de ingresos. No solo porque los peregrinos venÃan con regalos y donaciones, sino porque habÃa que hospedarlos y darles de comer.
Si se trataba de un santo de la enjundia suficiente, su presencia en un lugar podÃa crear una ruta de peregrinación que revitalizara la economÃa de toda una región. Un caso extremo es el de Santiago de Compostela, cuya Ruta Jacobea se convirtió en un eje de intercambio económico y cultural a nivel europeo.
Veneradas, no adoradas
La tradición de venerar reliquias –no de adorar, que está reservado a Dios– es casi tan antigua como el cristianismo. La menciona san AgustÃn (354-430) como la expresión de una reverencia casi natural por los cuerpos o las cosas que pertenecieron a los santos.
Representación del II Concilio de Nicea.
Se les atribuÃan poderes sobrenaturales, como la sanación de enfermedades o la protección sobre una comunidad. No a los objetos en sà mismos –eso serÃa idolatrÃa–, sino a Dios, que intercede a través de unos restos. Asà lo estableció en 787 el II Concilio de Nicea, el mismo que ordenó que en cada altar hubiera una reliquia.
De ahà que, entre los siglos VIII y XII, floreciera en Europa un intenso mercadeo de cabezas, brazos, manos o dedos de santos; incluso, de varios prepucios que competÃan por ser el que verdaderamente perteneció a Cristo.
Reliquia del brazo de san Pablo en la iglesia del Naufragio de San Pablo, Valletta, Malta
Si hacÃa falta, los monasterios publicaban panfletos denunciando que este o aquel relicario rival eran en realidad una falsificación. Todo valÃa para atraer a los peregrinos. Por supuesto, también el pillaje.
En The Age of Pilgrimage: The Medieval Journey to God (1975), Jonathan Sumption explica cómo algunas comunidades se convirtieron en verdaderos sindicatos del crimen. Algunas veces podÃan ser los propios religiosos los que irrumpieran en mitad de la noche en una abadÃa vecina; otras, contrataban a profesionales.
Ante el alud de casos, en 1215, el IV Concilio de Letrán tuvo que legislar, prohibiendo que los tesoros fueran expuestos fuera de los relicarios. En la catedral de Durham (Inglaterra) fueron más allá, encomendando a un grupo de monjes que cada noche montaran guardia ante el cuerpo de san Cutberto (c. 634-687).
Lo mismo sucedÃa en Chartres o en San Juan de Letrán, en Roma. De esto último dio fe el viajero y escritor castellano Pedro Tafur (c. 1405-c. 1480), que, al visitar esta basÃlica romana, se encontró a cuatro hombres armados con mazas custodiando un icono que se creÃa obra de Lucas el Evangelista.
Cuéntame un cuento
En época altomedieval surgió una literatura que pretendÃa justificar los robos. El modus operandi era siempre parecido. Primero, el objeto era sustraÃdo, y luego, un cronista de la parte asaltante se encargaba de adornar la historia para que pareciera que habÃa mediado la intercesión divina.
Una hagiografÃa (biografÃa de santos) muy popular en Francia explica cómo, tras la muerte de san MartÃn de Tours (c. 316-397), la providencia hizo posible que los habitantes de Tours pudieran sustraer el cadáver a los de Poitiers. Inexplicablemente, en mitad de la noche todos los guardias se quedaron dormidos, de modo que los ladrones pudieron sacar el cadáver por una ventana.
Tumba de san MartÃn de Tours.
Muy espectaculares, estas leyendas sobre el “traslado†de santos (translatio) servÃan también para popularizar el culto en un nuevo santuario. Si la del obispo GelmÃrez parece enrevesada, más lo es la de las reliquias de santa Fe, una mártir galorromana enterrada en la iglesia de Agen (Francia). Al menos, allà estuvo hasta el siglo IX, cuando apareció en la congregación un novicio llamado Ariviscus.
Eso decÃa ser. En realidad se trataba de un infiltrado del vecino monasterio de Conques. Le costó años ganarse la confianza del superior, pero, finalmente, le confiaron la custodia de la santa. Cómo no, lo aprovechó para romper el sepulcro y escapar con los huesos. Si a la mañana siguiente los monjes no lograron detenerlo, fue porque Dios hizo que corrieran en la dirección contraria.
Uno debe andarse con cuidado al leer estas hagiografÃas. Como explica Patrick Geary en Furta Sacra: Thefts of Relics in the Central Middle Ages (1978), hay que separar lo ficticio de lo histórico. Unas adornan robos reales y otras son invenciones de cabo a rabo, creadas para popularizar el culto a un santo.
Por suerte, sà hay algunos ladrones de tumbas que los historiadores han podido estudiar bien. El más célebre es Deusdona, un diácono que en el siglo IX expolió las catacumbas romanas. Construidas por los primeros cristianos, se trata de una red de laberintos que recorre el subsuelo de la ciudad, ya desde la época de las persecuciones del Imperio. Por tanto, en ningún lugar del mundo habÃa tantos mártires; solo habÃa que buscarlos.
Las catacumbas de Roma son una red subterránea de más de 170 kilómetros.Ìý
Asà hay que imaginarse a Deusdona, con una antorcha y recorriendo diariamente los cerca de 150 kilómetros de pasadizos. A su favor jugaba el hecho de que la autoridad papal los habÃa descuidado, dejándolos en un estado de semiabandono. Como explica Patrick Geary en su libro, le bastaron un par de contactos en la curia para poder operar clandestinamente. Para no levantar sospechas, trabajaba en zonas distintas cada año y guardaba lo que iba coleccionando en una casa segura, propiedad de su hermano Lunisus.
Por la imposibilidad de cruzar los Alpes en invierno, excavaban durante esa estación y, en primavera, iniciaban la travesÃa hacia el norte de Europa. Por ser regiones de cristianización más reciente –por tanto, más necesitadas de mártires que dieran lustre a sus templos–, es allà donde estaban los clientes.
Adiós al “hypeâ€
A través de mercaderes como estos se multiplicaron los santos por toda la geografÃa europea. Pero como no hay corrupto sin corruptor, debemos hablar también de las causas socioeconómicas. En el perÃodo altomedieval, los reinos y señorÃos aún no practicaban un poder centralizado fuerte, que protegiera a sus villas y pueblos de ataques rivales o de catástrofes de cualquier tipo. Por eso, para las parroquias era importante contar con un patrón que velara por toda la comunidad.
Relicario de santa Úrsula, 1489. Memling Museum, Sint-Janshospitaal, Brujas
Que cada una tuviera el suyo no es más que un reflejo de la propia sociedad del momento. Luego llegó el siglo XIII, y con este el crecimiento de las ciudades, una mayor actividad comercial y las reformas monásticas; factores, en fin, que ayudaron a vertebrar el continente. Al mismo ritmo que se popularizaba el culto a santos más universales, fue decayendo el robo de reliquias de los Cutbertos, Cucufates, Cosmes, Drogones, etc.
Eso sÃ, los robos jamás acabaron del todo. En los últimos treinta años, solo en Italia se han dado ocho casos. Y, según la agencia católica de noticias ACI Prensa, van en aumento. No está mal para ser una práctica propia de “bárbaros†medievales.Ìý