Para Donald Trump, ella es “formidable”, “FANTÁSTICA” (lo escribió así, en mayúsculas, en su red particular Truth Social) y tiene un “gran talento”. Su vicepresidente y mano derecha, J.D. Vance, el ó de la Casa Blanca, la trata de “querida amiga” y muestra con ella una fuerte sintonía personal. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, tenía pues todas las cartas a su favor en su primera visita oficial a Washington con la nueva Administración norteamericana, el pasado día 18, y las jugó bien. Que lograra su objetivo -ablandar al presidente de Estados Unidos para poner fin a su guerra arancelaria contra Europa- es otro cantar.
Meloni escuchó en el Despacho Oval de la Casa Blanca muy buenas palabras -algo que no siempre sucede, como bien sabe el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski-, pero salió con las manos totalmente vacías. En este sentido, el balance no fue muy diferente al que se llevaron el presidente francés, Emmanuel Macron, el 24 de febrero, o el primer ministro británico, Keir Starmer, tres días después. En aquel momento, la principal preocupación era la guerra de Ucrania; hoy, a este conflicto se ha sumado la guerra comercial desatada urbi et orbi por Washington.
Macron no es amigo de Trump, ni tiene con él la afinidad ideológica de la líder italiana. Pero siempre ha procurado tratar con deferencia al presidente estadounidense. Lo hizo durante su primer mandato y lo ha seguido haciendo después, hasta el punto de invitarle personalmente -cuando aún no había tomado posesión- a la reinauguración de la catedral de Notre Dame. Su activismo diplomático, aliado con el británico Keir Starmer y el alemán Friedrich Merz, permitió organizar un importante encuentro en París, el día 17, para tratar sobre la guerra de Ucrania. Cita prometedora pero cuyo recorrido ha quedado ya interrumpido.
Las conversaciones sobre Ucrania han quedado interrumpidas y en lo comercial no se avanza
La maratón diplomática de Macron y sus aliados tenía por objetivo anclar a Europa en la negociación sobre un eventual acuerdo de paz en Ucrania, hasta ahora un mano a mano entre EE.UU. y Rusia. El presidente francés, junto a representantes británicos y alemanes, y con la presencia de Volodímir Zelenski, se reunió con el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, y los dos enviados especiales de Washington para el conflicto ucraniano, Steve Witkoff y Keith Kellogg. En el Elíseo quisieron ver el vaso medio lleno y creyeron haber encarrilado la participación europea y su “coalición de voluntarios” en una solución para Ucrania.
Pero de la capital francesa no salió ningún acuerdo, salvo el de volverse a encontrar, esta vez en Londres. Y ni eso ha durado. La segunda reunión fue abruptamente suspendida después de que el líder ucraniano rechazara de plano el “plan de paz” propuesto por EE.UU., que no es sino un “plan de rendición” para Kiyv. Para consternación general -salvo en el Kremlin-, Trump propone que Ucrania ceda a Rusia los territorios ya ocupados (península de Crimea, Donbass) y acepte quedarse fuera de la OTAN, sin que por otra parte Washington se comprometa con su seguridad.
En el frente económico, las cosas no están mejor. En su encuentro en la Casa Blanca, Meloni trató de seducir a Trump y a su corte blandiendo su proximidad ideológica -“Mi objetivo es hacer a Occidente grande de nuevo, y creo que podemos hacerlo juntos”, dijo readaptando el lema del movimiento trumpista MAGA (Make America Great Again)- y ofreció a Italia como puente para negociar con Europa un acuerdo comercial satisfactorio para ambas partes. Lo hizo en todo momento en nombre de la UE, desmintiendo así los temores de algunas capitales europeas de que la premier italiana cediera a la tentación de buscar un arreglo particular.
Muchas sonrisas y amabilidades hubo en el Despacho Oval ese día. Y el presidente de EE.UU. le regaló un poco los oídos a su interlocutora asegurando estar “convencido al cien por cien” de que al final habrá un acuerdo con Europa. Pero enseguida tascó el freno y dijo que “no hay prisa” para ello. Prisa, desde luego, no está demostrando.

Contenedores en Port Jersey, con el perfil de Mahattan al fondo
De hecho, entre EE.UU. y la UE no hay por el momento ninguna negociación en marcha. El comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, ha viajado ya tres veces a Washington -la última, el día 14- para reunirse con su homólogo estadounidense, Howard Lutnick, sin que eso haya servido para nada más que para mantener el contacto. Sefcovic llevó la propuesta, ya avanzada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, de poner a cero todos los aranceles mutuos sobre los productos industriales. Pero al otro lado no hay respuesta ni una propuesta de partida para empezar a negociar. Los negociadores de Bruselas, con gran experiencia en estas lides, están desconcertados -según fuentes comunitarias- por la incapacidad aparente de las nuevas autoridades de Washington para abordar un diálogo estructurado. Claro que viendo el comportamiento errático de su jefe la sorpresa se atenúa…
EE.UU. está, ciertamente, en posición ventajosa para esperar. No tiene prisa. Toda la prisa y la preocupación las tiene focalizadas ahora en China, donde el enfrentamiento arancelario es abierto y las represalias aprobadas por Pekín están haciendo ya un daño visible. Tanto que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, advirtió días atrás que la guerra comercial con China era “insostenible” y el propio presidente norteamericano ha amagado con dar marcha atrás, vaticinando que las tasas aduaneras sobre los productos chinos -que ha elevado al 145%- “bajarán sustancialmente”.
Con Europa no hay tanta prisa sencillamente porque es EE.UU. quien está en posición de fuerza. Si bien Washington suspendió temporalmente -durante 90 días- los aranceles del 25% anunciados sobre los productos europeos, mantiene sin embargo un arancel base del 10%, más las tasas aduaneras especiales sobre los automóviles, el aluminio y el acero. Bruselas había preparado una respuesta contra estos últimos aranceles, pero sorprendentemente -puesto que siguen vigentes- decidió suspenderla como gesto de buena voluntad para propiciar la negociación… La respuesta ha sido: “no hay prisa”.
Acaso pueda desencallar las cosas la reciente decisión de la Comisión Europea de multar con 500 y 200 millones de euros, respectivamente a Apple y Meta por vulnerar la ley de Mercados Digitales de la UE, en lo que supone la primera sanción a las grandes tecnológicas desde que se abriera una investigación el año pasado. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Pero la Administración Trump considera las regulaciones comunitarias en este terreno como una suerte de barrera comercial encubierta y su intención explícita ha sido incluirlo todo en la negociación comercial global, algo que Bruselas ha rechazado hasta ahora de plano. En el pulso que se avecina, la UE se juega su papel referente como gran potencia reguladora. Y, sobre todo, su credibilidad.
· Bajada de tipos de interés. Lo que le gustaría a Donald Trump que hiciera la Reserva Federal norteamericana -muy prudente a causa de la amenaza de inflación derivada de la guerra arancelaria entre EE.UU. y China- lo está haciendo el Banco Central Europeo (BCE). Esto es, bajar los tipos de interés, que quedan ahora situados en el 2,25%. Claro que en Europa la principal preocupación no es tanto la inflación como la amenaza de estancamiento -e incluso de recesión- a causa de la ofensiva comercial de Washington.
· Subida del gasto de defensa. Presionado por Estados Unidos y sus aliados europeos de a OTAN, el presidente de Gobierno español, Pedro Sánchez, ha anunciado un plan de urgencia para aumentar en 10.400 millones de euros el gasto en defensa, con el objetivo -difícil- de alcanzar a finales de año el 2% del PIB, tal como estipula el compromiso existente en el seno de la Alianza Atlántica. Washington, sin embargo, pide ya el 5%. Sus socios de gobierno de Sumar rechazan este plan.
· Islandia mira al Sur. Orgullosa de su insularidad, Islandia nunca ha querido saber nada de una eventual incorporación a la Unión Europea. Pero las cosas están cambiando rápidamente. El giro político en Washington y la presión de la nueva Administración norteamericana para anexionarse Groenlandia ha hecho crecer la inquietud en la isla, que -sin ejército- depende exclusivamente de la protección de Estados Unidos, con el que en 1951 firmó un tratado de defensa. El nuevo gobierno de coalición del país es mayoritariamente favorable hoy al ingreso en la UE.